martes, 29 de marzo de 2016

Se ha perdido el Ratoncito y se ha ido a casa de Margarito [Salud bucal infantil]

Hoy hace un buen día para pasear por el campo. Parece que el paisaje ya está saliendo del frío invierno y el cielo se presenta azul, como si un misterioso duende hubiera descorrido las cortinas que tapaban las ventanas llenas de luz.

En los árboles han salido algunas flores que anuncian que pronto tendremos almendras y cerezas para el postre. Es la magia de la primavera que ha llegado a Pueblilla del Monte y toda la sierra de Rubiales. Así que el doctor Margarito Cifuentes, el dentista más famoso del pueblo y sus contornos, ha salido a pasear sendero arriba.

Iba sumido en sus mil pensamientos (un hombre que ha vivido tanto siempre tiene algo que recordar), cuando, de repente, descubrió a un niño sentado debajo de un olivo. Miraba al suelo y parecía triste, como si hubiera llorado, aunque también podrían ser las últimas gotas del rocío de la mañana. Se acercó muy despacio, para no asustarle, y le dijo:

-Te veo muy triste, niño, ¿es que acaso te falta cariño?

El pequeño lo miró, con los ojos tristes, y le contestó:

-¿Te acuerdas de que se me movía un diente? Pues ayer se me cayó de repente. Lo puse debajo de la almohada, por si Pérez, el Ratoncito, de pronto llegaba. Pero ha pasado la noche, ha llegado el día, y el diente sigue ahí, el ratón no lo quería.

-No te preocupes chiquillo, Pérez, el ratón, es un poco despistadillo, igual con tanta primavera se le ha ido la sesera. Inténtalo de nuevo esta noche, príncipe hermoso, que seguro te trae un regalo fabuloso.

Y así fue como el niño, alborozado y con una sonrisa de oreja a oreja, se marchó, con la esperanza de que esa noche, por fin, el Ratoncito Pérez encontrara el camino hacia su casa.

Con el corazón más contento por haber dado alegría a un triste niño, Margarito regresó a su casa. Al abrir el portón ya notó un sonido a patitas cortas y hocico puntiagudo. "No puede ser", pensó. La sorpresa fue mayúscula cuando al abrir la alacena para coger su taza favorita para la merienda, se encontró al mismísimo Pérez asomando sus bigotes por la porcelana.

-¿Qué haces aquí ratón travieso, no ves que no me queda ni una miga de queso?

-Soy yo, Margarito, Pérez, el ratoncito.

-¡¡Bribón… ¿qué haces en mi hogar, no ves que tienes que trabajar?!!

-Ha sido la primavera, que mi cabeza altera, me quedé mirando el paisaje y se me despistó el viaje.

-Ese niño al que buscas vive en la calle Mayor y esta noche te espera con auténtico fervor. No te despistes y vete ligero, que los sueños de los niños siempre son lo primero. Pero espera, no te puedes ir sin merendar, debes tener mucha fuerza para los dientes cargar.

Y así fue como Margarito y el Ratoncito Pérez disfrutaron una deliciosa merienda hasta que llegó la noche. Con las primeras estrellas Pérez se despidió del doctor y fue hasta la almohada de aquel niño triste que, por fortuna, se despertó a la mañana siguiente con una sonrisa radiante en sus labios. El Ratoncito Pérez había encontrado el camino y el doctor Margarito tenía razón: "La esperanza es lo último que se pierde, incluso cuando pierdes un diente".